martes, 26 de septiembre de 2017

63 LIBROS IMPRESCINDIBLES PARA JORGE LUIS BORGES


Si dentro de cada gran escritor se esconde un gran lector, Jorge Luis Borges es un ejemplo claro (no en vano aseguraba que, si de algo se enorgullecía, era de los libros que había leído). Era, además, un consumidor ecléctico y libre, que no se guiaba por pretensiones intelectuales (se atrevía a despreciar a Goethe, James Joyce o Gabriel García Márquez) sino simple y llanamente por el gozo de leer. Por eso, uno no puede menos que confiar en su criterio.
Y los de la editorial Hyspaméria debían de tenerlo también muy claro cuando le pidieron, allá por 1985, que seleccionase 100 títulos de lectura imprescindible,y que escribiera el prólogo de cada uno de ellos. Solo le dio tiempo a elegir 61 libros antes de morir, pero fueron todos publicados en una colección llamada “Biblioteca personal”.
Es también famoso (y bellísimo) el prólogo a la colección, que dice lo siguiente:
“A lo largo del tiempo, nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, o de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir. Los textos de esa íntima biblioteca no son forzosamente famosos. La razón es clara. Los profesores, que son quienes dispensan la fama, se interesan menos en la belleza que a los vaivenes y en las fechas de la literatura y en el prolijo análisis de libros que se han escrito para ese análisis, no para el goce del lector.
La serie que prologo y que ya entreveo quiere dar ese goce. No elegiré los títulos en función de mis hábitos literarios, de una determinada tradición, de una determinada escuela, de tal país o de tal época. “Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer”, dije alguna vez. No sé si soy un
buen escritor;
 creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector. Deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas. Sé que la novela no es menos artificial que la alegoría o la ópera, pero incluiré novelas porque también ellas entraron en mi vida. Esta serie de libros heterogéneos es, lo repito, una biblioteca de preferencias.
María Kodama y yo hemos errado por el globo de la tierra y del agua. Hemos llegado a Texas y al Japón, a Ginebra, a Tebas, y, ahora, para juntar los textos que fueron esenciales para nosotros, recorreremos las galerías y los palacios de la memoria, como San Agustín escribió.
Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción, singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. “La rosa es sin porqué”, dijo Ángelus Silesius; siglos después, Whistler declararía “El arte sucede”.
Ojalá seas el lector que este libro aguardaba”.
¡Pero vayamos ya con esos 63 títulos imprescindibles para Jorge Luis Borges!
1.       Julio Cortázar: Cuentos
2.       Evangelios apócrifos
3.       Franz Kafka: América. Relatos breves
4.       Gilbert Keith Chesterton: La cruz azul y otros cuentos.
5.       Maurice Maeterlinck: La inteligencia de las flores
6.       Dino Buzzati: El desierto de los tártaros
7.       Henrik Ibsen: Peer Gynt. Hedda Glaber
8.       José María Eça de Queiroz: El mandarín
9.       Leopoldo Lugones: El imperio jesuítico
10.   André Gide: Los monederos falsos
11.   Herbert George Wells: La máquina del tiempo. El hombre invisible
12.   Robert Graves: Los mitos griegos
13.   Fiodor Dostoievski: Los demonios
14.   Edward Kasner & James Newman: Matemáticas e imaginación
15.   Eugene O’Neill: El gran dios Brown. Extraño interludio.
16.   Herman Melville: Benito Cereno. Billy Budd. Bartleby, el escribiente
17.   Giovanni Papini: Lo trágico cotidiano. El piloto ciego. Palabras y sangre
18.   Arthur Machen: Los tres impostores
19.   Fray Luis de León: Cantar de cantares. Exposición del Libro de Job
20.   Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas. Con la soga al cuello
21.   Oscar Wilde: Ensayos y diálogos
22.   Henri Michaux: Un bárbaro en Asia
23.   Hermann Hesse: El juego de los abalorios
24.   Enoch A. Bennett: Enterrado en vida
25.   Claudio Eliano: Historia de los animales
26.   Thorstein Veblen: Teoría de la clase ociosa
27.   Gustave Flaubert: Las tentaciones de San Antonio
28.   Marco Polo: La descripción del mundo
29.   Marcel Schwob: Vidas imaginarias
30.   George Bernard Shaw: César y Cleopatra. La comandante Bárbara. Cándida
31.   Francisco Quevedo: La Fortuna con seso y la hora de todos. Marco Bruto
32.   Eden Phillpotts: Los rojos Redmayne
33.   Sóren Kierkegaard: Temor y temblor
34.   Gustav Meyrink: El Golem
35.   Henry James: La lección del maestro. La vida privada. La figura en la alfombra
36.   Heródoto: Los nueve libros de la Historia
37.   Juan Rulfo: Pedro Páramo
38.   Rudyard Kipling: Relatos
39.   Daniel Defoe: Moll Flanders .
40.   Jean Cocteau: El secreto profesional y otros textos
41.   Thomas de Quincey: Los últimos días de Emmanuel Kant y otros escritos
42.   Ramón Gómez de la Serna: Prólogo a la obra de Silverio Lanza
43.   Selección de Antoine Galland: Las mil y una noches
44.   Robert Louis Stevenson: Las nuevas noches árabes.
45.   León Bloy: La salvación por los judíos. La sangre del pobre. En tinieblas
46.   Poema de Gilgamesh.
47.   Bhagavad-Gita
48.   Juan José Arreola: Cuentos fantásticos
49.   David Garnett: De dama a zorro. Un hombre en el zoológico. La vuelta del marinero
50.   Jonathan Swíft: Viajes de Gulliver
51.   Paul Groussac: Crítica literaria
52.   Manuel Mujica Láinez: Los ídolos
53.   Juan Ruiz: Libro de buen amor
54.   William Blake: Poesía completa
55.   Hugh Walpole: En la plaza oscura
56.   Ezequiel Martínez Estrada: Obra poética
57.   Edgar Allan Poe: Cuentos
58.   Publio Virgilio Marón: La Eneida
59.   Voltaire: Cuentos
60.   J. W Dunne: Un experimento con el tiempo
61.   Attilio Momigliano.: Ensayo sobre el Orlando Furioso.
62.   William James: Las variedades de la experiencia religiosa. Estudio sobre la naturaleza humana
63.   Snorri Sturiuson: Saga de Egil Skallagrimsson


jueves, 13 de julio de 2017

ALGUNAS ILUSTRACIONES PARA FOMENTAR LA LECTURA

ALGUNAS ILUSTRACIONES  FANTÁSTICAS PARA                                      FOMENTAR LA LECTURA
    
 IMAGÉNES QUE PRETENDEN ANIMAR A LEER









miércoles, 7 de diciembre de 2016

Para leer y reflexionar

                                        Escrito a mano


Cuánto hace que no experimentamos el placer de recibir una carta manuscrita en letra cursiva? La caligrafía es una habilidad humana en rápida extinción, porque ya casi no se enseña en las escuelas. Cuando se emplea una lapicera, en general se lo hace para escribir con letra de imprenta. Stefano Bartezzaghi y María Novella de Luca, periodistas italianos interesados en el tema, se preguntan si la preocupación por el ocaso de la escritura cursiva responde a la nostalgia o constituye una emergencia cultural. Muchos expertos se inclinan por la última alternativa. En Inglaterra se vuelve a usar la estilográfica para que los estudiantes aprendan la grafía. En Francia también se considera que no se debe prescindir de esa habilidad, pero allí el problema reside en que ya no la dominan ni los maestros. Aunque el mundo adulto no está aún preparado para recibir las nuevas inteligencias de los niños producto de la tecnología, la pérdida de la habilidad de la escritura cursiva explica trastornos del aprendizaje que advierten los maestros e inciden en el desempeño escolar. En la escritura cursiva, el hecho de que las letras estén unidas una a la otra por trazos permite que el pensamiento fluya con armonía de la mente a la hoja de papel. Al ligar las letras con la línea, quien escribe vincula los pensamientos traduciéndolos en palabras. Por su parte, el escribir en letra de imprenta, alternativa que se ha ido imponiendo, implica escindir lo que se piensa en letras, desguazarlo, anular el tiempo de la frase, interrumpir su ritmo y su respiración. Si bien ya resulta claro que las computadoras son un apéndice de nuestro ser, hay que advertir que favorecen un pensamiento binario, mientras que la escritura a mano es rica, diversa, individual, y nos diferencia a unos de otros. Habría que educar a los niños desde la infancia en comprender que la escritura responde a su voz interior y representa un ejercicio irrenunciable. Es ilógico suponer que la tendencia actual se revertirá, pero al menos los sistemas de escritura deberían convivir, precisamente por esa calidad que tiene la grafía de ser un lenguaje del alma que hace únicas a las personas. Su abandono convierte al mensaje en frío, casi descarnado, en oposición a la escritura cursiva, que es vehículo y fuente de emociones al revelar la personalidad, el estado de ánimo. Posiblemente sea esto lo que los jóvenes temen, y optan por esconderse en la homogeneización que posibilita el recurrir a la letra de imprenta. Porque, como lo destaca Umberto Eco, que interviene activamente en este debate, la escritura cursiva exige componer la frase mentalmente antes de escribirla, requisito que la computadora no sugiere. En todo caso, la resistencia que ofrecen la pluma y el papel impone una lentitud reflexiva. Muchos escritores, habituados a escribir en un teclado, desearían a veces volver a realizar incisiones en una tableta de arcilla, como los sumerios, para poder pensar con calma. Eco propone que, así como en la era del avión se siguen tripulando barcos a vela, sería auspicioso que los niños aprendieran caligrafía, para educarse en lo bello y para facilitar su desarrollo psicomotor. Como en tantos otros aspectos de la sociedad actual, surge aquí la centralidad del tiempo. Un artículo reciente en la revista Time, titulado Duelo por la muerte de la escritura a mano, señala que es ése un arte perdido, ya que, aunque los chicos lo aprenden con placer porque lo consideran un rito de pasaje, "nuestro objetivo es expresar el pensamiento lo más rápidamente posible. Hemos abandonado la belleza por la velocidad, la artesanía por la eficiencia. Y, sí -admite su autora, Claire Suddath-, tal vez seamos algo más perezosos. La escritura cursiva parece condenada a seguir el camino del latín: dentro de un tiempo, no la podremos leer". Abriendo una tímida ventana a la individualidad, aún firmamos a mano. Por poco tiempo. 

 revista@lanacion.com.ar 

 El autor es educador y ensayista 
 Guillermo Jaim Etcheverry